miércoles, 10 de octubre de 2012

Estás ahí ?



En algún momento tendré que volverme loco, perder el juicio de una vez por todas y pasar a engrosar las abultadas procesiones que enfilan hacia ese panteón privado en que descansan estas cartas.
Miro fijamente las burbujas que asoman en la coca-cola. Me parece que son siempre insinuaciones de la rebeldía, explosiones en miniatura que convergen hacia la extinción. El big bang en mi vaso y yo tan indolente como siempre veo pasar el momento de la creación sin siquiera pedirle que me espere. El bar está vacío (como en las películas, sí, como en las películas) y solo queda un mesero que se cae a pedazos y yo que no lo hago tan mal en ese sentido. Me dice que ya es tarde, pero en realidad busca decirme que me largue, que pague la cuenta y que me haga humo. El tiempo para variar, siempre es indirecto. Pero yo no lo tomo en cuenta, hago como que veo mis zapatos, a ratos marco algún número en mi celular pero todos terminan por no existir y la grabación es la de siempre. Le hablo, le digo hola a la mujer-robot al otro lado de la realidad, le pregunto sobre su vida y me cuenta siempre lo mismo, según entiendo tomo un mal camino, uno equivocado, asi que intento subirle el ánimo hablándole sobre mis cosas. Parto diciéndole que lo que le cuento no se lo he dicho a nadie así que debe olvidar todo una vez cuelgue el teléfono. No me dice nada, de modo que el silencio concede. Le digo que he perdido la cabeza y luego, los pulmones, que me cuesta respirar, que me cuesta aspirar, que siempre los suspiros terminan siendo un mecanismo auxiliar para mantenerme vivo. Le cuento que no exagero, que me crea, que es cierto, porque además las semanas terminan por consumir otro órgano y el lugar en el que vivo (que ya no se si es una casa, una habitación o una catedral) se llena de mis partes; la cabeza, los pulmones, el corazón, los brazos, mis manos, mis ojos, mis labios, mis pies. Todo me exige una correlación de fuerzas que no logro encuadrar. No es el café de cada mañana ni las copas de vino que dibujan horizontes en el vaso durante la comida lo que me permite arreglármelas para seguir, no sé a donde, pero seguir, le cuento a la voz al otro lado. Es probablemente la necesidad de que el mensaje llegue y a ratos creo que llega. A ratos siento que lo entiendes perfectamente, que sabes de lo que hablo, que no soy el único que entiende las metáforas en la coca-cola, que no soy el único que comprende los cambios de estaciones y la ferocidad de su marcha. Le digo a la voz –mientras el mesero comienza a darme de codazos advirtiéndome que ya no está para bromas-  que no se sienta mal por saberse dos o tres frases, porque al final siempre es así, yo por ejemplo, he reducido mi vocabulario a no más de cuatro o cinco conjugaciones,  pero lo peor –continúo- es que todas hablan de lo mismo. El número que usted ha marcado no existe me dice, pruebe con otro número. No y no, yo quiero hablar contigo le grito desatando inmediatamente la ira contenida del mesero que toma un palo, yo quiero escucharte y que me escuches hasta que tu no voz no sea la tuya, hasta que tus frases repetidas sean solo un silencio o un pitido da igual, hasta que yo me quede dormido al lado del teléfono y de pronto no encuentre ni al mesero, ni a la gente que camina afuera a pleno sol, ni menos, a las mesas y sillas que me acompañan en mi pequeña conversación con esa voz a la que le pongo un tono dulce para no sentirme tan loco.  

domingo, 7 de octubre de 2012

Stardust (en clave de sol)





Hay que amar para poder tocar.
Louis Armstrong. 



Esas fueron las mejores tardes de su vida. El cielo limpio como pocas veces, el viento aliviando la modorra de enero y el pasto de un verde intenso que a ratos se confundía con su polera –la de ella-  mientras se revolcaban como niños tras un par de bromas.
Mirándolo con paciencia, no necesitaba nada más. Ni nada ni a nadie. El tiempo podría detenerse pensaba él, y ese sería justamente el eslabón perdido a la felicidad. Sin embargo, luego se quedaba mirándola, fijándose en cada detalle de su rostro, en su boca, en su nariz, en sus dientes, en sus ojos –sobre todo en sus ojos- y comenzaba a sentir temor. Le habían dicho en la universidad que la perfección es una categoría inexistente, un universal (cuanto y con cuanta nostalgia recordaba a Duns Scoto) sin embargo, el no entendía el rostro de ella sino con esa expresión. Sus amigos lo trataban como un exagerado, como alguien que de pronto pierde la razón y va desvaneciéndose lentamente en un sueño que nadie entiende. A él de todas formas lo traía sin cuidado. Que lo miraran así lo complacía aun más. Saberse extraviado, tener conciencia de su perdida definitiva de la razón le provocaba un orgullo secreto que compartía solo con cuadernos de espiral que amontonaba –como siempre- sin orden ni respeto por sus propias ideas. Y esas lagunas, esas evocaciones difusas llegaban mientras ella reía, debido al grillo que se le posaba persistentemente en la nariz, cosa que él no acababa de entender porque según sus parvularios conocimientos de botánica los grillos solo salen a cantar de noche. Su risa era hermosa, tanto que él podría haberse disfrazado de payaso de conejo gigante, de cantante boliviano-mexicano-peruano de segunda división, solo para provocar esas legitimas carcajadas que le parecían dignas definiciones de diccionario de la palabra perfección.
El problema llegaba cuando eran las ocho o las nueve de la noche y tenían que despedirse. Siempre odió ese ritual. Siempre intento esquivarlo atrasando un poquito el reloj o experimentando distraerla con algún tema de conversación delirante, pero la hora es la hora y no se trata de manillas más o manillas menos, se trata de una suerte de dictador que emerge sin contrapeso para mostrarnos que el que manda es él. Evidentemente ese dictador tiene otro nombre, pero la rabia le hacía llamarlo así.  De niño por ejemplo, martirizaba insectos a través de insólitos mecanismos de tortura dignos de la represión francesa en Argelia y era su madre quien le repetía constantemente “diosito te va castigar”. Y claro, el castigo demoró varios años pero llegó, porque ahora eran las ocho y ella debía irse, entonces él pensaba en qué hacer, en qué imaginar, qué bichos martirizar para no sentirse solo en esa cámara de tortura en que se convertía su cabeza cuando ella no estaba.  Su situación cambiaba drásticamente. La luz del día, los olores frutales de una primavera que tardaba en consolidarse (una primavera de lluvias invasivas y nubes con forma de galaxias) retrocedían frente a ese inmenso vacío que dejaba la partida de ella. Era necesario armar todo de nuevo. Los lugares cotidianos, las rutinas, las obligaciones, las pruebas por revisar, las clases por planificar, las canciones por escuchar. Desde ese segundo su preocupación principal tenía que ver con la propia sobrevivencia al menos hasta otro día, uno en que pudiera verla nuevamente y desviar su atención ya no hacia el tiempo, ya no hacia los mecanismos de composición de la propia vida, sino simplemente hacia ella, mirarla y grabarla fijamente en la retina, porque regalos como esos tardan siglos en llegar, donde un siglo puede ser una semana o un día, da igual, pero su demostración de fuerza es feroz y es comparable solo a la de un dios y ¿cómo llegar a dios? se preguntaba ¿cómo sentarlo al frente y hablarle de esto y de esto otro? ¿cómo compartir una copa de vino y adormecerlo un ratito para que entienda que hay veces en que debe ser aun más benevolente, olvidarse del tiempo, hacerlo desaparecer, catapultarlo a la materia de la ficción o las viejas mitologías? Cómo en definitiva, convencerlo de que acelere su paso cuando ella no está y lo detenga cuando se sienten junto a un grillo a cantar o a tocar canciones que de algún modo siempre van dirigidas a él. Es eso –como para ir terminando la historia- lo que lo lleva a recordar a su profesor de universidad, quién le contaba pormenorizadamente como los esclavos afroamericanos de los estados del sur, golpeaban sus tambores para poder comunicarse con dios, y claro, él no tenía ni tambores ni vivía en el sur ni era esclavo, pero al menos tenía una guitarra que solo había que desempolvar.


sábado, 6 de octubre de 2012

Hoy




1 Que no termine nunca este día, que estas voces no callen nunca, que transmuten su sintonía etérea a las aves o a los insectos que dibujan parábolas de luz en las enredaderas que trepan el cemento. 2 Me quedaría aquí por siempre y no hablo de un lugar sino de un momento (un futuro perfecto calcado a los recuerdos ficticios de la infancia) y este es el momento, no este del cual escribo sino este hoy, que es ayer. 3 Me quedaría sentado en este lugar horas y horas acariciando la nube que dejaste, la sombra que llueve y aviva risas espontáneas, febriles inflexiones del rostro que ya no te ve pero te inventa con los mismos ojos que te evadieron. 4 ¿sabes de lo que hablo? Hablo de volver al futuro, de cruzar el umbral de ese otro mundo del que vienes, de esa caótica felicidad que llega en portugués, el idioma de los navegantes, el idioma de los que cruzaron cabos para dar la vuelta al mundo y luego inmolarse en ciudades como esta, pero al lado del mar. 5 Hablo de un viaje; siempre hablo de un viaje, a la luna a Marte a África o a la costa septentrional en la que habitan tus dulces manos. Otro continente u otro mundo, uno calcadito al que sueño todas las noches, pero en colores. Desde hace tiempo que quiero lo de siempre: llegar todo el tiempo llegar. Dejar de ser un extranjero o un turista, dejar de darme vueltas en el papel y el lápiz que te dibuja en las frases que mando a volar esperando una respuesta. 6 Necesito tocar tierra firme, desempolvar el catalejo y fijarlo en la dirección opuesta a las huellas que deja la madera en el  mar. Ver como el puerto desaparece, como las casas se diluyen en el oleo de los cerros, de los bares, de los callejones, de los hombres y mujeres que se miran pero no se tocan, que se miran y se extrañan hasta el día siguiente donde todo vuelve a empezar, y se configura la eternidad como una fotografía mental de ese momento que intentamos pintar o escribir para no ahogarnos en nuestro viaje.

  

domingo, 30 de septiembre de 2012

Las siluetas de Marte.





"Para mi el tiempo  es una medida, un minutero.
Es inasible, se va , a nadie le pertenece
Yo quiero saber si es aire, si es espacio
¿Qué diablos es mamá?" 
Elena  Poniatowska, la piel del cielo. 


 Veo en las noticias que algo ha ocurrido en Marte. Pienso de inmediato que se trata de marcianos, alienígenas, seres invertebrados que se mueven mediante mecanismos electromagnéticos por la superficie roja del planeta. Sin embargo, es lo mismo de siempre: las siluetas del agua.

Los cursos imaginarios surcaron la columna vertebral de la esfera, arrastraron hace milenios y millones formas de vida que trazo recordando las escuálidas revistas de vida extraterrestre que mi padre coleccionaba, fascículo a fascículo, en su pequeña biblioteca portátil. Se trataba de hojas en roneo donde se especulaba a través de tipologías, categorías y sumarios abiertos a una creatividad temeraria. Hombres hiperbóreos que algún día habitaron el norte de Europa, inmigrantes pacíficos que labraron sus oficios secretos con una paciencia de santo. La piedra que era piedra se convierte en un  cráneo diamantado con símbolos que se confunden con las esquivas runas vikingas, los ojos siempre grandes, las manos siempre delgadas y afiladas, las extremidades señalando sus platillos voladores alejarse, sus rostros permanentemente inmutables. La emoción es un rasgo que dejaron ir en las aguas que ahora son siluetas.

Paréntesis :

El cinturón de Orion brilla como tus dientes. Las explosiones de las estrellas más distantes golpean los pergaminos que escribí para alejarme del cielo un ratito. El desierto es la frontera y más allá se encuentran hombres que vagan circularmente durante cuarenta días y cuarenta noches. Dios es extraterrestre dice la revista de mi padre y yo la hojeo mientras afuera comienza a granizar; pequeños meteoritos se rompen contra el pasto. Nada se puede hacer contra el inmenso firmamento pienso ahora (aunque lo mismo debo haber pensado cuando niño) pero.  Es necesario corregir la disposición de las hojas de te, re dibujar las lanzas y las flechas arrojadas por el brujo, volver a barajar el mazo, arrojarlo. Al vacío. Tirarlo por la ventana y que las gárgaras que hace el granizo en el suelo tibio, liquiden (licuen) la barrera de la luz. Que la galaxia desde donde hablo se coma el pasado y que al otro lado un telescopio recuerde la fraseología rebelde de esta misión a-marte.

Cierre de paréntesis.

Una molécula de agua bastará para alimentar la imaginación de los viajeros de blanco. Aunque sea imposible, aunque no haya ni partícula ni molécula ni átomo, aun así habrá agua, porque esta comprobado que lo que no existe no tarda en comenzar su obstinada campaña de nacimiento a partir del discurso. Primero fue el verbo dicen los extraterrestres. Luego la carne.

De algún modo todo me parece hecho a la medida de las siluetas de Marte. Las huellas en la playa de Achao donde el mar del sur besa a dos amantes que se revuelcan en la arena mientras el viento dobla los arcos de las Iglesias frente reliquias que vuelven a ponerse de pie. Los perros dando vueltas en círculos, pillándose la cola, ladrándole al aire como si el fuera el fantasma que trae de vuelta al pasado (el oído ajusta su sintonía a la reverberación del hambre y a las palabras vascas que componen el idioma del viento), y la máquina del tiempo señala el camino: las hojas en el suelo, el metal en su nomenclatura oxidada, las empalizadas abandonadas, las arrugas reflejándose en el mate, el esqueleto de la flor que me hace llegar las últimas partículas de su aroma, estando yo en un observatorio al norte y ella en la cumbre que espía al mar. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Carta al viento.




Primero: Me quedo sin palabras y sin aliento, o probablemente al revés; primero el aliento luego las palabras.

Segundo: Afuera el aliento sobra. Se mueven los árboles, las bombillas sacuden su luz y el aire se repleta de tajos que suturan desde las volutas de humo que dejo escapar para no sentirme tan solo.

Tercero: Y necesito suspirar como para botar un poquito el aire que ya no me queda, el aire que he dejado en pasillos, en micros, en taxis cuando me da por acordarme de ti. La alternativa por descarte es, suspirar al revés: aspirar. Tragarme las hojas y el neón que voltea el viento, y por dentro, construirme una casa en la que habite junto a todos mis asesinos a quienes les tendría una estufa y un café caliente. Todos los asesinos vuelven al lugar del crimen dicen los peritos y los oscuros detectives que emergen desde la niebla. Que sea así. Que vuelvan acá, que retornen a su hogar que es el vendaval en que se transforman los alisios y los contralisios de mi respiración.

Cuarto: Tu sabes que (… ) . Tu sabes que me cuesta hasta respirar por (…)  Tu sabes que ya ni duermo por (…) . Que me lo paso todo el día escuchando las canciones que de algún modo tu también escuchas solo para estar un poco más cerca de (...)  Tu sabes que me da por contenerme, por respeto, por moderación, por esa introversión que aun sobrevive en los límites de mi entorno (que es también el tuyo pero declamado al estilo juglar, quiero decir, como los poetas medievales que construían sus vínculos cruzando castillos y matando a dragones que nunca existieron solo para encontrar a una mujer que no conocían y que ya estaba anunciada en un contrato que se asume como el destino, pero firmado)  y como suele ocurrir, hasta en las mejores familias y en las mejores historias, ni los contratos se salvan de las imposiciones secretas de un par de coincidencias. Porque las coincidencias se suman y luego se multiplican y luego se elevan al cuadrado y al cubo, y de dicha operación matemática (que por cierto me provoca un pavor sincero y desmedido)  resulta una absorción absoluta por el mayor de los números. Me explico mejor: lo que crece no para de crecer, lo que sube no para de subir (todo lo que sube tiene que caer, dicen los ingenuos, dicen eso mientras yo veo como todo esto no para de elevarse y de momento no hay ni techo ni cumbres que obstaculicen pasos para esta borrasca  ). Así que nada baja.

Quinto: Perdí el hilo.

Sexto: Hago nudos  sin hilo y cómo se hacen esos nudos me dice una vocecita al otro lado del cielo (donde ya está lo que crece) y yo le respondo que del mismo modo en que se configura el nudo el ciego en la abstracción del pensamiento. Las dos manos en frente listas para dirigir una orquesta compuesta por una guitarra y una voz y allí procede el sastre a tejer sus órbitas a las que no logra darles sentido porque antes, se atraviesan en la negra noche, los cometas o los satélites da igual, pero se atraviesan rompiendo el cielo que está sobre el cielo, y allí no queda más que pedir un deseo y ¿qué pido?

Séptimo: Lo mismo que tú.