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martes 24 de noviembre de 2009

Amanece

“Amanece. Pero el silencio sigue siendo el mismo, y es como si el aire viajara tranquilo en la nada. A veces imagino que me voy. Otras veces imagino que me veo. Ahora, cuando comienzan a despuntar estas primeras luces del alba, imagino que me veo. Estoy sentado en pijama, con los hombros cubiertos por un chal, el cigarrillo entre los dedos, rodeado de mis libros y con mi sombra de viejo volcada sobre el cuaderno de los tucanes, viendo nacer este nuevo lunes, entregado yo a este rito perseverante y solitario de escribir, de escribir, por ejemplo, que estoy mirando a las nubes y observando sus movimientos, que tan tenebrosos me parecen, pues es como si mi pasado se estampara en trenzas de sangre que vinieran a Veracruz mientras todo mi futuro (no tengo) cayera como una pobre llovizna en el arroyo en el que navega esta lágrima que ha sido mi vida, de la que con las primeras luces del me llega ahora de galope, en este mismo instante, el recuerdo de una vela silenciosa y blanca, fugazmente entrevista en Beranda, la vela de una goleta navegando solitaria por las aguas del Caribe. Yo mismo en otros días.” Enrique Vila-Matas en “Lejos de Veracruz”

sábado 31 de octubre de 2009

Nada se pierde...


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Nada se pierde con vivir, ensaya:


Así comienza y termina un poema memorable de Enrique Lihn. Entre medio, se desata la vida, como una aproximación al enredo probablemente, o como una construcción adoquinada y resistiendo, frágil, por su puesto.


Camino por La Alameda con un vacío en el estómago. Los hombres y mujeres que pasean y corren por allí, vestidos algunos con frac y corbata, y otros con atuendos típicos de la época, no se dan cuenta de nada, pero de algún modo, yo tampoco logro verlo. Sólo miro el cielo. Veo el gris y luego el azul profundo que me parece un héroe. Veo al sol y más tarde veo como desaparece en su trágica procesión de siempre. Subo a una micro (lo que es mi primer acto trágico) y acodado sobre un asiento a punto de ceder, abro un libro de Enrique Vila-Matas. Lo primero que me llama la atención es esa referencia nada especial y que sin embargo, me causa asombro: En el fondo los más tímidos son los más atrevidos. Me quedo pensando un rato en eso. Viajo por los umbrales que del libro se desprenden; la India, Veracruz, España, La África de las perlas y de la muerte. Siento que mi pequeña tragedia es un chiste y me río, pero lo hago con un disimulo tal, que me permita sentirme cuerdo. Al fondo un payaso hace reír a la gente evocando a distintas autoridades que en cierto sentido, son parecidas a quienes viajan en la micro. A mí, sólo me llama hijo. Su hijo Roberto. Pienso que podría haber sido un buen nombre. Fernando, tal como me llamo y me llaman (porque según mi profesor de Filosofía del colegio, decir “me llamo” es una falta a la realidad, lo que bien pensado es cierto, pero desde el lugar del cual hablo, es simplemente una precisión infundada, por cuanto también me llamo y lo hago gritándome) siento que es un nombre que se agota en la historia, entre ballonetas, espadas y ejércitos mastodónticos que pisan la tierra del sudor. Nada se pierde con vivir ensaya. Y luego los dos puntos de Lihn, luego esa disolución sobre la espera, que son los cincuenta o cien años que puede vivir un hombre, pero que nada dice sobre los veintitantos, una edad maldita, una edad que está teñida por halos de humo, cervezas y payasos que se atreven a llamar hijo a quien es probablemente indigno de ser hijo de cualquiera, cuando en la medianía de su vida estudia la posibilidad de no seguir ensayando, quizás, como un pasmoso momento alucinatorio, quizás, como una broma aun más absurda que la del payaso, quizás, como una escena de alguna película que él luego vería, pero sin mayor asombro. Y cuando yo llegue al lugar que sea que tengo que llegar, me quedaré recostado pesando en esta ínfima parada a la que nunca pretendo volver. Ya sea por precaución o por el terror que me provoca ensayar mi vida con las risas de un payaso al fondo.



viernes 23 de octubre de 2009

Elegía

Acabo de leer un libro fabuloso. Su nombre es "Elegía" y es de Philip Roth, autor norteamericano y con una serie de libros del mismo modo fabulosos. El libro trata de la muerte, de la enfermedad y de esa "masacre" que es la vejez.


philip-roth



Me llamó la atención el final, pero yo cambiaria el concepto o por lo menos la idea que rodea al concepto, y es que del libro se deduce que lo más terrible es la nada. Yo agregaría que lo más terrible es ese pequeño tránsito que lleva a la nada. Algo así como el minuto exacto en que Robespierre dio su último grito antes de entrar por el cuello, a la nada.

martes 20 de octubre de 2009

Estatuas de sal


No sé bien en qué consiste la espera, cuando en ella, lo único que existe es la ficción de estar a un lado y luego al otro. Eso de mirar y ser mirado por igual desde el mismo lugar. Hablo de la espera como un desdoblamiento que surge de la necesidad de mirarse el ombligo mientas la cabeza está profundamente perdida, creando estrategias que tienen que ver con la invención. Con la elaboración de máquinas perfectas que dan respuestas a las macizas cuestiones que el cerebro no encuentra. Los reflejos. Estos solo atinan a crear la maquinaria alma-corazón, que según ha quedado demostrado, miente, esconde y salvaguarda al verdadero dolor, ese que transita de un sitio a otro mientras esperamos a que todo siga, como si hubiésemos olvidado el agua o simplemente llegado al desierto con la clara convicción de hacernos polvo.

martes 29 de septiembre de 2009

Breve paseo por La Alameda


Pasando Avenida Brasil Con Alameda, Bernardo recordó haber vivido uno de los mejores momentos de su vida. Esos que tienen que ver en parte con el azar, y también, con una marcha lenta, forzada y a regañadientes de lo que los menos escépticos, llaman destino. Eran aproximadamente las nueve de la noche, y Bernardo tenía que hacer una llamada telefónica. A su lado, un árbol antiguo incrustado en el concreto, y un quiosquero, de no más de 50 años a punto de cerrar lo que para Bernardo era un recurso indispensable: Monedas. Ya bien surtido de las viejas monedas de cien pesos, llama a su casa y le contesta su madre. Siempre con la misma voz, entre el cariño y la moderación, entre la indagación y la reprobación. Bernardo le contó que llegaría tarde, añadió que estaba bien y que no había de que preocuparse e incluso, sin notarlo (sino solo más tarde) se rió a pito de nada y reaccionó impulsivamente frente al desconcierto de su madre. Luego Bernardo colgaría el teléfono. Pensó hacerlo como en las películas. Con algo de desdén o con algo de repentina furia, pero cayó en la cuenta de que no tenía por donde. Esos sentimientos no habitaban en él, por lo menos, desde algunas semanas, de modo que llevó pausadamente y con una prolijidad casi artificial, el auricular a su sitio. Y volvió a reír. Dos o tres perros merodeaban entre vendedores ambulantes y carros de sopaipillas los alrededores de La Alameda, al tiempo que a Bernardo, Santiago le parecía la ciudad más bella del mundo. Hombres y mujeres mal vestidos y paseando ariscamente con su ceño fruncido, hombres y mujeres que se daban empellones y que ni siquiera se tomaban la molestia de voltear la cara para escrutar los rostros de otros hombres y mujeres que por deferencia a la indiferencia, hacían lo mismo. A Bernardo todo eso, sumado a los muros carcomidos por el smog, por la humedad, por los rayos del sol, por las balas y los espasmos de épocas convulsas, le parecía hermoso. La Alameda está más linda que nunca pensó, y entonces, se dio permiso – y lo haría durante mucho tiempo – para mirar el cielo, como los protagonistas de alguna novela que sin querer había leído, y vio la luna, y las estrellas, como si se tratase de un instante donde la cursilería cabía sin problemas, sin pensar tampoco, en que sentido tiene mirar el cielo desde Santiago, una ciudad donde la noche es una ficción y en lugar de ella, las luces y los neones malvenidos, iluminaban a quienes se mueven a tientas entre las micros amarillas que a esas horas, pecan de inanición. Al finalizar la llamada telefónica Bernardo se acercaría – tal como él recordó tres años más tarde – a ella y deslizaría una mirada que nacía desde temores tan anteriores como el sudor de sus manos. Le vería sentada en un banco improvisado frente al teléfono público y por un asunto geométrico o providencial, el ángulo de su mirada le provocó una extraña seguridad, una sensación de arropamiento que no sentía desde la niñez, y que solo pudo comparar con la felicidad. Porque Bernardo tenía claro que lo suyo no era andar por allí sosteniendo la mirada frente a otros ojos sin caer en una repulsa inmediata o en un acto reflejo de timidez, que lo sumía en la más profunda autocompasión. Sin embargo logró tener esos ojos que no eran los suyos y que tanto había gastado a fuerza de repasos mentales y supuestos altamente optimistas, como si ahora le pertenecieran. Eso creyó y no pudo concentrarse más en eso, cuando ella sin motivo alguno, lo besara en la mejilla, en lo que para Bernardo era su mejor paseo breve por La Alameda.

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