1 Que no termine nunca este día,
que estas voces no callen nunca, que transmuten su sintonía etérea a las aves o
a los insectos que dibujan parábolas de luz en las enredaderas que trepan el
cemento. 2 Me quedaría aquí por siempre y no hablo de un lugar sino de un
momento (un futuro perfecto calcado a los recuerdos ficticios de la infancia) y
este es el momento, no este del cual escribo sino este hoy, que es ayer. 3 Me quedaría sentado en este
lugar horas y horas acariciando la nube que dejaste, la sombra que llueve y
aviva risas espontáneas, febriles inflexiones del rostro que ya no te ve pero
te inventa con los mismos ojos que te evadieron. 4 ¿sabes de lo que hablo? Hablo
de volver al futuro, de cruzar el umbral de ese otro mundo del que vienes, de
esa caótica felicidad que llega en portugués, el idioma de los navegantes, el
idioma de los que cruzaron cabos para dar la vuelta al mundo y luego inmolarse
en ciudades como esta, pero al lado del mar. 5 Hablo de un viaje; siempre hablo
de un viaje, a la luna a Marte a África o a la costa septentrional en la que
habitan tus dulces manos. Otro continente u otro mundo, uno calcadito al que
sueño todas las noches, pero en colores. Desde hace tiempo que quiero lo de
siempre: llegar todo el tiempo llegar. Dejar de ser un extranjero o un turista,
dejar de darme vueltas en el papel y el lápiz que te dibuja en las frases que
mando a volar esperando una respuesta. 6 Necesito tocar tierra firme,
desempolvar el catalejo y fijarlo en la dirección opuesta a las huellas que
deja la madera en el mar. Ver como el
puerto desaparece, como las casas se diluyen en el oleo de los cerros, de los
bares, de los callejones, de los hombres y mujeres que se miran pero no se tocan,
que se miran y se extrañan hasta el día siguiente donde todo vuelve a empezar,
y se configura la eternidad como una fotografía mental de ese momento que
intentamos pintar o escribir para no ahogarnos en nuestro viaje.
sábado, 6 de octubre de 2012
domingo, 30 de septiembre de 2012
Las siluetas de Marte.
"Para mi el tiempo es una medida, un minutero.
Es inasible, se va , a nadie le pertenece
Yo quiero saber si es aire, si es espacio
¿Qué diablos es mamá?"
Elena Poniatowska, la piel del cielo.
Los cursos imaginarios surcaron
la columna vertebral de la esfera, arrastraron hace milenios y millones formas
de vida que trazo recordando las escuálidas revistas de vida extraterrestre que
mi padre coleccionaba, fascículo a fascículo, en su pequeña biblioteca
portátil. Se trataba de hojas en roneo donde se especulaba a través de
tipologías, categorías y sumarios abiertos a una creatividad temeraria. Hombres
hiperbóreos que algún día habitaron el norte de Europa, inmigrantes pacíficos
que labraron sus oficios secretos con una paciencia de santo. La piedra que era
piedra se convierte en un cráneo
diamantado con símbolos que se confunden con las esquivas runas vikingas, los
ojos siempre grandes, las manos siempre delgadas y afiladas, las extremidades
señalando sus platillos voladores alejarse, sus rostros permanentemente
inmutables. La emoción es un rasgo que dejaron ir en las aguas que ahora son
siluetas.
Paréntesis :
El cinturón de Orion brilla como
tus dientes. Las explosiones de las estrellas más distantes golpean los
pergaminos que escribí para alejarme del cielo un ratito. El desierto es la
frontera y más allá se encuentran hombres que vagan circularmente durante
cuarenta días y cuarenta noches. Dios es extraterrestre dice la revista de mi
padre y yo la hojeo mientras afuera comienza a granizar; pequeños meteoritos se
rompen contra el pasto. Nada se puede hacer contra el inmenso firmamento pienso
ahora (aunque lo mismo debo haber pensado cuando niño) pero. Es necesario corregir
la disposición de las hojas de te, re dibujar las lanzas y las flechas
arrojadas por el brujo, volver a barajar el mazo, arrojarlo. Al vacío. Tirarlo por la ventana y que las gárgaras que
hace el granizo en el suelo tibio, liquiden (licuen) la barrera de la luz. Que
la galaxia desde donde hablo se coma el pasado y que al otro lado un telescopio
recuerde la fraseología rebelde de esta misión a-marte.
Cierre de paréntesis.
Una molécula de agua bastará para
alimentar la imaginación de los viajeros de blanco. Aunque sea imposible,
aunque no haya ni partícula ni molécula ni átomo, aun así habrá agua, porque
esta comprobado que lo que no existe no tarda en comenzar su obstinada campaña
de nacimiento a partir del discurso. Primero fue el verbo dicen los
extraterrestres. Luego la carne.
De algún modo todo me parece
hecho a la medida de las siluetas de Marte. Las huellas en la playa de Achao donde
el mar del sur besa a dos amantes que se revuelcan en la arena mientras el
viento dobla los arcos de las Iglesias frente reliquias que vuelven a ponerse
de pie. Los perros dando vueltas en círculos, pillándose la cola, ladrándole al
aire como si el fuera el fantasma que trae de vuelta al pasado (el oído ajusta
su sintonía a la reverberación del hambre y a las palabras vascas que componen el
idioma del viento), y la máquina del tiempo señala el camino: las hojas en el
suelo, el metal en su nomenclatura oxidada, las empalizadas abandonadas, las
arrugas reflejándose en el mate, el esqueleto de la flor que me hace llegar las
últimas partículas de su aroma, estando yo en un observatorio al norte y ella
en la cumbre que espía al mar.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Carta al viento.
Primero: Me quedo sin palabras y
sin aliento, o probablemente al revés; primero el aliento luego las palabras.
Segundo: Afuera el aliento sobra.
Se mueven los árboles, las bombillas sacuden su luz y el aire se repleta de
tajos que suturan desde las volutas de humo que dejo escapar para no sentirme
tan solo.
Tercero: Y necesito suspirar como
para botar un poquito el aire que ya no me queda, el aire que he dejado en
pasillos, en micros, en taxis cuando me da por acordarme de ti. La alternativa
por descarte es, suspirar al revés: aspirar. Tragarme las hojas y el neón que
voltea el viento, y por dentro, construirme una casa en la que habite junto a
todos mis asesinos a quienes les tendría una estufa y un café caliente. Todos
los asesinos vuelven al lugar del crimen dicen los peritos y los oscuros
detectives que emergen desde la niebla. Que sea así. Que vuelvan acá, que
retornen a su hogar que es el vendaval en que se transforman los alisios y los
contralisios de mi respiración.
Cuarto: Tu sabes que (… ) . Tu
sabes que me cuesta hasta respirar por (…) Tu sabes que ya ni duermo por (…) . Que me lo
paso todo el día escuchando las canciones que de algún modo tu también escuchas
solo para estar un poco más cerca de (...) Tu sabes que me da por contenerme, por respeto,
por moderación, por esa introversión que aun sobrevive en los límites de mi
entorno (que es también el tuyo pero declamado al estilo juglar, quiero decir,
como los poetas medievales que construían sus vínculos cruzando castillos y
matando a dragones que nunca existieron solo para encontrar a una mujer que no
conocían y que ya estaba anunciada en un contrato que se asume como el destino,
pero firmado) y como suele ocurrir,
hasta en las mejores familias y en las mejores historias, ni los contratos se
salvan de las imposiciones secretas de un par de coincidencias. Porque las
coincidencias se suman y luego se multiplican y luego se elevan al cuadrado y
al cubo, y de dicha operación matemática (que por cierto me provoca un pavor
sincero y desmedido) resulta una
absorción absoluta por el mayor de los números. Me explico mejor: lo que crece
no para de crecer, lo que sube no para de subir (todo lo que sube tiene que
caer, dicen los ingenuos, dicen eso mientras yo veo como todo esto no para de
elevarse y de momento no hay ni techo ni cumbres que obstaculicen pasos para
esta borrasca ). Así que nada baja.
Quinto: Perdí el hilo.
Sexto: Hago nudos sin hilo y cómo se hacen esos nudos me dice
una vocecita al otro lado del cielo (donde ya está lo que crece) y yo le
respondo que del mismo modo en que se configura el nudo el ciego en la
abstracción del pensamiento. Las dos manos en frente listas para dirigir una orquesta
compuesta por una guitarra y una voz y allí procede el sastre a tejer sus órbitas a las que no logra darles sentido porque antes, se atraviesan en la
negra noche, los cometas o los satélites da igual, pero se atraviesan rompiendo
el cielo que está sobre el cielo, y allí no queda más que pedir un deseo y ¿qué
pido?
Séptimo: Lo mismo que tú.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Llegar
Nos perderemos en el fin del
mundo de eso estoy seguro nos comeremos a besos nos confundiremos a abrazos nos
desnudaremos mil veces donde cada ocasión representa un inicio y un final el
momento exacto donde se viene la muerte y le echamos una mano para que a medio
camino queden sus conjuras y en cambio solo resucitemos respirándonos en la
oreja de cerca bien de cerca como solo se toca el labio y la lengua la piel y
el sudor y estoy seguro sigo estando seguro que ese será el momento más feliz
de todos aunque no creamos en la felicidad ni tampoco en el tiempo ni menos en
la suma de todos los factores que multiplican la felicidad como bomba de racimo
como racimo de uvas como enredaderas que inundan las calles y aunque eso no sea
efectivo nos encargaremos de probar formulas cotejar hipótesis sintetizarnos
febrilmente en nuestro tubito de ensayo con forma de caramelo hecho a la medida
de la alegría y entonces ya no faltaran las ocasiones de nombrarnos como dios
nombró la tierra el agua el mar y las aves no podrán volar tan alto como
nosotros porque así son los sueños no sé si me explico no se si no me explico y
que mas da sé que solo tú puedes entender todos los trabalenguas sobretodo los
que hablan del fin del mundo o del comienzo quien sabe porque al final es lo
mismo hablo de una inmensa nada que debe ser llenada colmada rebasada y para
eso estamos nosotros para pintarlo todo de nuevo para ponerle colores a lo que
no es sino sombras señaleticas varadas en la imaginación que dicho sea de paso
nos lleva algunos días de ventaja porque ella corre a la velocidad del sonido
donde cada sonido es una intervención en la lumbre en que se prende el
pentagrama la lumbre en la que se cocinan lentamente las blancas las corcheas
las fusas las semifusas las redondas que porfiadas como ellas solas nos
acompañan hasta el fin de los tiempos como otro planeta un exoplaneta sin nadie
más que nosotros los únicos sobrevivientes de esta flota secreta que recorre
todos los mares en busca del último rincón del mundo.
domingo, 23 de septiembre de 2012
La cena
Necesita salir de ahí. Necesita inventar una excusa y dejar ese sitio. Requiere de forma urgente abandonar ese lugar. Piensa en activar la llamada falsa de su teléfono y pergeñar alguna historia. Que olvidó realizar un trámite impostergable, qué dejó la estufa prendida, que su brazo izquierdo lentamente comienza a dormirse y siente pequeñas puntadas en su corazón. Pero es difícil porque todos hablan de lo mejor. La conversación es sin duda animada y se mueve frenéticamente por derroteros que abarcan desde el caso Rosewell en el área 51, hasta la vida, pasión y muerte de San Mateo. Todos sin excepción hablan. Se tropiezan y repiquetean sobre sus propios temas. La formación del equipo de fútbol que perdió contra Colombia, la manera correcta de plantar almácigos, pasto e incluso marihuana, las diferencias entre un auto Chino y uno japonés, el caso del violador de Placilla, las cirugías plásticas de Angelina Jolie, lo poco que trabajan los profes, lo mucho que trabajan los médicos, las pastillas que se tragó Michael Jackson y la importancia del azar en el destino, la muerte de Cobain, Joplin, Hendrix y Fabián Bielinsky (este último fue un aporte de él, lo mismo que Bolaño, Caicedo y Layne Stanley), y para finalizar, obviamente la vida, pasión y muerte de San Mateo en la que la palabra fe se utilizó doce veces y la palabra razón solo una. Todos se devoran. Y lo que tragan no es la carne que él desintegra con un pésimo cuchillo hebra a hebra mientras urde –con esas mismas cuerdas llenas de nervios- un plan maestro para simular un ataque al colón o un preinfarto, sino que esas ocho personas que conforman el mentado festín caníbal terminan por tragarse a ellos mismos, como un gesto de antropofagia elemental, un ritual aprendido y concienzudamente ensayado en otras veladas donde increíblemente todos salen vivos de tamaña ingesta.
Lleva trece finas hebras de carne
de vacuno en su plato, las cuenta y las mira detenidamente. Piensa que está al
borde de la locura, básicamente un mal camino para cualquier hombre decente que quiere dar
una buena impresión en una cita con viejos conocidos. Y ellos siguen hablando a
una dimensión que le parece superior a la velocidad de la luz, pues a ratos se
confunde y cree estar dentro del Halcón Milenario porque además pasa un garzón
que le recuerda muchísimo a Chewaca. La situación en resumen, es desesperante y
el ya perdió la paciencia, tanto que se despreocupa de toda prolijidad y buenos
modales, y se levanta de la mesa con una servilleta en la mano. Entonces y a
pesar de que pensó que su desliz podría haber pasado desapercibido (creencia
fundamentada en las palabras de una ex novia que alguna vez lo insultó diciéndole
que pasaba desapercibido en todos lados) Gabriel, su mejor amigo de la
universidad le pregunta sobre su estado. Estoy bien dice él, con una cara que
más bien señala el camino hacia la aniquilación total. Simplemente voy al baño.
Y es allí donde se encerrará
durante cuarenta minutos, tiempo en el que nadie se pregunta por él pues afuera
hablan sobre las tetas de Adriana Barrientos, y sentado artificialmente en el
baño, escribe como enfermo todo lo que callaba, todo lo que lo consumía y a
diferencia de ellos, lo devoraba por dentro. Cuarenta minutos en los que dio
gracias por el silencio, por esa condición de necesaria preexistencia y que
ahora le permitía pensar en ella, solo en ella.
Y para curar un poquito sus heridas dejar en la servilleta escrito nada
más que su nombre, dibujado paso a paso las vocales y las consonantes,
contorneando delicadamente las curvas que pronuncian su manuscrito. Son esos
minutos de valiosa intimidad los que revelan lo enfermo que se encuentra. Su
estado terminal lo sitúa en un mundo que no es este ni ese otro del que
hablaban a propósito de San Mateo, sino un pálido reflejo de esa vida que solo
escucha en silencio, de esa vida que solo se nombra en servilletas que debe
romper o tragar, tal como debió haber hecho con la carne que no tocó en toda la
cena.
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