miércoles, 26 de septiembre de 2012

Llegar



Nos perderemos en el fin del mundo de eso estoy seguro nos comeremos a besos nos confundiremos a abrazos nos desnudaremos mil veces donde cada ocasión representa un inicio y un final el momento exacto donde se viene la muerte y le echamos una mano para que a medio camino queden sus conjuras y en cambio solo resucitemos respirándonos en la oreja de cerca bien de cerca como solo se toca el labio y la lengua la piel y el sudor y estoy seguro sigo estando seguro que ese será el momento más feliz de todos aunque no creamos en la felicidad ni tampoco en el tiempo ni menos en la suma de todos los factores que multiplican la felicidad como bomba de racimo como racimo de uvas como enredaderas que inundan las calles y aunque eso no sea efectivo nos encargaremos de probar formulas cotejar hipótesis sintetizarnos febrilmente en nuestro tubito de ensayo con forma de caramelo hecho a la medida de la alegría y entonces ya no faltaran las ocasiones de nombrarnos como dios nombró la tierra el agua el mar y las aves no podrán volar tan alto como nosotros porque así son los sueños no sé si me explico no se si no me explico y que mas da sé que solo tú puedes entender todos los trabalenguas sobretodo los que hablan del fin del mundo o del comienzo quien sabe porque al final es lo mismo hablo de una inmensa nada que debe ser llenada colmada rebasada y para eso estamos nosotros para pintarlo todo de nuevo para ponerle colores a lo que no es sino sombras señaleticas varadas en la imaginación que dicho sea de paso nos lleva algunos días de ventaja porque ella corre a la velocidad del sonido donde cada sonido es una intervención en la lumbre en que se prende el pentagrama la lumbre en la que se cocinan lentamente las blancas las corcheas las fusas las semifusas las redondas que porfiadas como ellas solas nos acompañan hasta el fin de los tiempos como otro planeta un exoplaneta sin nadie más que nosotros los únicos sobrevivientes de esta flota secreta que recorre todos los mares en busca del último rincón del mundo. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

La cena

    






















Necesita salir de ahí. Necesita inventar una excusa y dejar ese sitio. Requiere de forma urgente abandonar ese lugar. Piensa en activar la llamada falsa de su teléfono y pergeñar alguna historia. Que olvidó realizar un trámite impostergable, qué dejó la estufa prendida, que su brazo izquierdo lentamente comienza a dormirse y siente pequeñas puntadas en su corazón. Pero es difícil porque todos hablan de lo mejor. La conversación es sin duda animada y se mueve frenéticamente por derroteros que abarcan desde el caso Rosewell en el área 51, hasta la vida, pasión y muerte de San Mateo. Todos sin excepción hablan. Se tropiezan y repiquetean sobre sus propios temas. La formación del equipo de fútbol que perdió contra Colombia, la manera correcta de plantar almácigos, pasto e incluso marihuana, las diferencias entre un auto Chino y uno japonés, el caso del violador de Placilla, las cirugías plásticas de Angelina Jolie, lo poco que trabajan los profes, lo mucho que trabajan los médicos, las pastillas que se tragó Michael Jackson y la importancia del azar en el destino, la muerte de Cobain, Joplin, Hendrix y Fabián Bielinsky (este último fue un aporte de él, lo mismo que Bolaño, Caicedo y Layne Stanley), y para finalizar, obviamente la vida, pasión y muerte de San Mateo en la que la palabra fe se utilizó doce veces y la palabra razón solo una. Todos se devoran.  Y lo que tragan no es la carne que él desintegra con un pésimo cuchillo hebra a hebra mientras urde –con esas mismas cuerdas llenas de nervios- un plan maestro para simular un ataque al colón o un preinfarto, sino que esas ocho personas que conforman el mentado festín caníbal terminan por tragarse a ellos mismos, como un gesto de antropofagia elemental, un ritual aprendido y concienzudamente ensayado en otras veladas donde increíblemente todos salen vivos de tamaña ingesta.
Lleva trece finas hebras de carne de vacuno en su plato, las cuenta y las mira detenidamente. Piensa que está al borde de la locura, básicamente un mal camino  para cualquier hombre decente que quiere dar una buena impresión en una cita con viejos conocidos. Y ellos siguen hablando a una dimensión que le parece superior a la velocidad de la luz, pues a ratos se confunde y cree estar dentro del Halcón Milenario porque además pasa un garzón que le recuerda muchísimo a Chewaca. La situación en resumen, es desesperante y el ya perdió la paciencia, tanto que se despreocupa de toda prolijidad y buenos modales, y se levanta de la mesa con una servilleta en la mano. Entonces y a pesar de que pensó que su desliz podría haber pasado desapercibido (creencia fundamentada en las palabras de una ex novia que alguna vez lo insultó diciéndole que pasaba desapercibido en todos lados) Gabriel, su mejor amigo de la universidad le pregunta sobre su estado. Estoy bien dice él, con una cara que más bien señala el camino hacia la aniquilación total. Simplemente voy al baño. 
Y es allí donde se encerrará durante cuarenta minutos, tiempo en el que nadie se pregunta por él pues afuera hablan sobre las tetas de Adriana Barrientos, y sentado artificialmente en el baño, escribe como enfermo todo lo que callaba, todo lo que lo consumía y a diferencia de ellos, lo devoraba por dentro. Cuarenta minutos en los que dio gracias por el silencio, por esa condición de necesaria preexistencia y que ahora le permitía pensar en ella, solo en ella.  Y para curar un poquito sus heridas dejar en la servilleta escrito nada más que su nombre, dibujado paso a paso las vocales y las consonantes, contorneando delicadamente las curvas que pronuncian su manuscrito. Son esos minutos de valiosa intimidad los que revelan lo enfermo que se encuentra. Su estado terminal lo sitúa en un mundo que no es este ni ese otro del que hablaban a propósito de San Mateo, sino un pálido reflejo de esa vida que solo escucha en silencio, de esa vida que solo se nombra en servilletas que debe romper o tragar, tal como debió haber hecho con la carne que no tocó en toda la cena.

sábado, 11 de agosto de 2012

1917




Todo;
 todo debiese ser en blanco y negro
Los almacenes con su cordial anfitrión de bigotes,
Las calles y los paseos hechos a la medida de la soledad,
Los parques, los kioscos desiertos
 y las casas abandonadas
Por donde transita un hombre
que cocina legumbres
Al fragor de muebles que arden
Como los libros quemados por esos dictadorcitos
Mientras el hombre de la cámara
Lo registraba todo
En blanco y negro.


Paréntesis:

-          Todo debiese ser en blanco y negro,
Como las corcheas y la espectral armonía de un pentagrama
Que configura la creación del universo
Con sus vibraciones arrojadas al plenilunio  -

Cierre de Paréntesis.


Todo debiese ser en blanco y negro, pero
Especialmente
Las estaciones de tren
Y la niebla que entume hasta el tuétano
A quienes debiésemos habernos quedado en casa
Viendo películas

En blanco
y negro.

sábado, 4 de agosto de 2012

Las lineas, el camino, el hogar.


Primero: un problema insoluble para la psicología; lo que quiero hacer contra lo que puedo hacer.

Segundo: La estructura de madera se levanta como una capilla antigua frente a la industria. Los ojos se clavan en cada tabla y los clavos se esconden en cada ojo. Ojo por ojo, tabla por tabla y la primera ley dice “no construirás tu casa en la morada del metal”.

Tercero: Toca unir las partes como se unen las líneas blancas en un carretera (cuando se sobrepasa la velocidad máxima, cuando se sobrepasa  al personaje que mira las líneas blancas). Dicen que es fervor. Un fervor que quema los huesos, que nace en la boca del estomago y sube hasta la boca del rostro para terminar reventando en la boca del cerebro. Típica conjunción fisio-química que trasmuta su pleura a lengua romance; la única que comparten todas las bocas.

Cuarto: Aristóteles determinaba tres bocas. Una abajo, una al medio, una arriba: Fácil. Y con las tres bocas digo la misma palabra: Imposible.

Quinto: Quiero tanto hacer lo que no puedo hacer.

Sexto: Siempre pelean. A veces a gritos,  otras simplemente con la indiferencia que da el temor (no el olvido). Tengo una estructura de madera, un puñado de aserrín que son mis delirios siempre desparramando la retina de mis ojos en los surcos que solo la vejez da al árbol. Y la estructura crece como un andamio subterráneo aproximándose a los sueños de Julio Verne, dando vueltas en trescientos sesenta y cinco minutos, algo asi como cuatro horas y un monton de minutos.

Séptimo: A veces lo cubre todo. Una casa que sobrevive a la prepotencia del metal y sus normas, pues maldigo secretamente (con mis tres bocas) su falta de humanidad. Si yo pudiera construir aquí – me digo- el idioma seria tan claro, tan natural como el dia y la noche. Pero no puedo, no porque no quiera, simplemente porque no puedo y en eso créanme, hay desacuerdo. La boca de mi estomago y la boca de mi rostro solo viven de esa imagen (una casa de madera que es como la fuente de la vida), pero la boca de mi cerebro convoca siempre, al pariente inhóspito y cruel de todo carpintero: El herrero con su martillo.

Octavo: ¿Será necesario que golpee tan fuerte la mesa para advertirme que no puedo?.

jueves, 19 de julio de 2012

El lector desconocido


Ahora si, ahora si tengo ganas de escribir. Antes he abierto un libro de poesía chilena contemporánea (posmodernista, suicida y tremendamente liviana) y en la primera pagina decía “para el lector desconocido”. Soy yo entonces, ese lector desconocido quien hurga en las palabras de ese escritor igualmente desconocido.
Comienzo la lectura al ritmo de las bocinas, los ladridos y el silente zigzaguear de las pulsaciones eléctricas, las mismas que nunca oímos pero que siempre están ahí para evitar que la oscuridad o que cualquier otro artificio de la naturaleza, nos recuerde todos los ruidos que debimos oír.  Los poemas aparecen como balas perdidas en medio de las estrellas, se confunden y se disipan como el metal distante de esas explosiones. A momentos, una que otra esquirla que recojo al igual que los antiguos para armar mis primeras herramientas.   Veo hombres desvalidos luchando contra las olas inmensas del sur de Chile, veo golondrinas descuartizando al cuervo de Allan Poe, veo torres de alta tensión encaramadas en las tierras vírgenes que tallaron los espíritus lejanos de los Selknam, veo una peste que discurre por las blancas paginas de los libros que leímos por obligación cuando niños, veo un pedacito de mi en un poema y me tapo los ojos para no encontrar los otros.
Mis lentes se han vuelto grandes y macizos, no por moda, no por tributos ajenos a tiempos mejores, sino por las enseñanzas del maestro constructor. El contacto directo con la luz dicen, provoca una ceguera de ojos rojos y fiebre pavorosa, de modo que siempre estoy listo a recibir los libros del escritor desconocido.