“Corriste sin saber si la buscabas o estabas escapando. Tropezaste con maniquíes que te acusaban en las veredas. Deambulaste por un Santiago que nunca habías visto. Las calles eran grietas; de repente un parque, un río, la fachada solemne de
sábado, 26 de abril de 2008
Página 156
domingo, 20 de abril de 2008
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“Cuando los Guerreros estaban bateando, me acerqué y le pregunté si le gustaría jugar en el ala izquierda. Dijo que no con la cabeza. Le pregunté si estaba resfriada. Otra vez negó con la cabeza. Le dije que no tenía a nadie que jugara en el ala izquierda. Que tenía el mismo muchacho jugando en el centro y en el ala izquierda. Toda esta información no encontró eco. Arrojé mi guante al aire, tratando de que aterrizara sobre mi cabeza, pero cayó en un charco de barro. Lo limpié en los pantalones y le pregunté a Mary Hudson si quería venir a mi casa a comer alguna vez. Le dije que el Jefe iba con frecuencia.
-Déjame-dijo-. Por favor, déjame.” J. D. Salinger
sábado, 19 de abril de 2008
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"El problema es que el mundo es un problema y seguramente no seremos ni usted ni yo quienes lo resolvamos, hubiera querido decirle Pereira. El problema es que usted es joven, demasiado joven, podría ser mi hijo, hubiera querido decirle Pereira, pero no me gusta que usted me tome por su padre, yo no estoy aquí para resolver sus contradicciones. El problema es que entre nosotros ha de haber una relación correcta y profesional, hubiera querido decirle Pereira, y que debe usted aprender a escribir, porque, de otro modo, si escribe con las razones del corazón, va usted a tropezarse con grandes complicaciones, se lo puedo asegurar." Antonio Tabuchi
lunes, 14 de abril de 2008
Paseo Bulnes (fragmento)

Porque sus ojos me dejaban fuera de sus pupilas para que yo viera desde lejos a Patricia y mirara su rostro, ese rostro que parecía una postal desde el cielo o desde el pincel de Miguel Ángel. Vi su boca y tuve la tentación de cruzar el umbral y bajar hasta donde estaban todas las compañeras de mi hermana y volver a recordarlas, volver a verlas para saludarlas una por una y al final llegar a Patricia y darle un beso en el borde de sus labios de manera tal que hubiese bastado un ruido, una pequeña onda en el aire, para que mi boca se hubiese deslizado a la suya como un mecanismo perfecto, un reloj suizo dando las doce en punto. De ese modo, su mirada me invitaba a imaginarme junto a ella en un plano de infinitas posibilidades. Yo trataba de escrutar su mirada. Intentaba adivinar el contenido de esa melancolía, el barniz de su impronta, pero por mas que lo intentaba me perdía y bajo mi costilla izquierda algo se amontonaba, algo me rasgaba tímidamente la piel al punto que los nervios eran corrientes de aire desperdigadas bajo mi ropa. Ahí estaba yo, mirando a la mujer más linda, a los ojos más profundos. Tan profundos como para ahogarse del mismo modo que se ahogaban mayas en los cenotes de Chicen Itzá. Pero lo mío no era un sacrificio. Yo estaba bajo los efectos de mi vida anterior o bajo el signo de alguna constelación. De una triste constelación y de una triste vida anterior.
No podía ser cierto. Cómo ver a una persona por primera vez iba a provocar giros alucinatorios tan definitivos, muestras perentorias de lo que son posible los sueños, de lo que es capaz el anonadamiento, el deslumbramiento, el absoluto abatimiento tras un fragmento microscópico de tiempo. Las ganas de besarla, el impulso de acercarme a su oreja y detallarle la rasgadura a la que había sido sometido mi vientre por su culpa, me paralizaban. Era mejor seguir concentrado en su piel, en el aroma ficticio a vainilla que sólo puede provocar algo extremadamente limpio. Sentí que mi vida era un soplo que se inflamaba con el fragor de octubre y que una vez terminado el rito absurdo del saludo colectivo, esa presentación infame y teatral del hermano de la anfitriona, las cosas, eso que llamamos “las cosas” y que no es más que lo que un científico denominaría como “todo”, cambiaría para siempre.
viernes, 11 de abril de 2008
Paseo Bulnes (Fragmento)
Que ojos más lindos pensaba yo y de pronto me soltaban, dejaban que volviera a mi puerta, a mi refugio secreto al otro lado de ese umbral. Pero sus ojos no me expulsaban como un árbitro a un jugador de fútbol. Sus ojos me expulsaban del mismo modo que un profesor envía al alumno flojo al frente de la clase y le hace explicar la composición de la atmósfera frente a todo el curso. Lo que no sabe el profesor es que el alumno no tiene ni la más peregrina idea, de qué es la atmósfera, así es que el alumno se ve en la misteriosa necesidad de inventar y para ello recurre a lo poco y nada que tiene a su alcance: su imaginación. Y tú me preguntas qué es poesía. Poesía son tus ojos, poesía eres tú. Eso por lo menos dijo Gustavo Adolfo Becker cuando le preguntaban sobre poesía. Y tú me preguntas que son tus ojos. Tus ojos son poesía.
